Ángel


"y al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá ¿por qué no lloré yo?"
 Gustavo Adolfo Bécquer


    Mis manos se estremecieron con el solo contacto de tan suave piel. La superficie de mis dedos sabía que ésa sería la última vez que se deleitaría con la piel de un ángel.
    Mi mano se había posado en su mejilla al momento del beso de despedida generando una vibración que estalló por todo mi cuerpo.
    Sus ojos, todavía húmedos, dejaban entrever esa importancia al no poder detener la inminencia de ver como se vaciaba su alma. Sé que lo era todo para ella. Ella lo era todo para mí.
    ¿Y ahora? ¿Qué rumbo tomaría este barco de huesos, carne y piel? ¿Cómo continuar mi travesía por el mar de la vida si ya no tendría a mi musa? Había sido despojado de lo más preciado. No solo sus ojos, sino también sus manos, su pelo (ensortijado a más no poder). Su figura entera ya no saciaría la cuenca de mis ojos. Y ni hablar de mi maltrecho corazón... el cual, ya despojado de todo interés y, simplemente desolado, apenas si podía accionar. Y no me refiero al latido, eso le era tan natural como a cualquiera le es respirar. Me refiero a sentir. A llenarse nuevamente de ganas de amar. Porque eso pasa cuando se marchita una relación tan fuerte, tan cargada de compromisos, de respeto, de interés por el otro, en fin... de amor.
    Poco a poco me fui alejando de su puerta, de esa hermosa y, ahora, condenada puerta. Ese umbral se había convertido en mi patíbulo.
    Tras cada paso mi humanidad se alejaba del punto sin retorno. Desde lo más profundo sabía que jamás volvería a mirarla a los ojos, a saborear su esencia, a sentir en mi oído su risa de duende.
    Al doblar la esquina el crespón del invierno desolado se hacía cada vez más presente en el patio de mi alma.
    ¿Y ahora que hago con todo esto? Si tan solo pudiera convertir esto de mi interior en una piedra y arrojarlo lejos. Muy lejos, como siempre quiso Umbral...
    Lejos ya de mi inmediato pasado, deambulé por las calles adoquinadas, perdido entre la bruma de la noche, las nostalgias del pasado y la pesadumbre de mi alma.
    Luego de horas de caminata sin sentido por las calles olvidadas de una ciudad absorbida por su pasado anclé mi humanidad en puerto desconocido, parecía tratarse de un bar del 1900. Al entrar las miradas cayeron sobre mí como moscas. Cada pupila se detenía en registrar cada movimiento de mi minúsculo ser.
    Pensé en salir corriendo como única solución. Pero permanecí firme en mi convicción. Un paso tras otro, como fichas de dominó, mis pies fueron actuando hasta llevarme a la barra. Una nueva etapa en esta vida inútil había comenzado. Una nueva oportunidad de ser feliz golpeaba a mi puerta.
    ¿Cómo negarme a tal llamado?
    Después de todo, la vida no es más que eso... una catarata de momentos, unos gratos, otros no tanto y no por eso debemos dejar de bañar nuestra esencia en aguas tan ambiguas.
    Horas antes estas lenguas líquidas habían sido para mi ser aguas caldeadas del Estigio... pero ahora serían simples lágrimas de un ángel que, desde su balcón, lloraría mi ausencia por toda la eternidad.



¿Fin?... nunca lo sabré...